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Variaciones Onetti 2 : El mentado Baldi noviembre 12, 2008

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Recuerdo vivamente la lectura hace ya algunos años del mentido Baldi, del posible Baldi. Entonces Onetti era una incógnita para mí y hasta hoy sigue siéndolo. Recuerdo aún el tránsito flaubertiano del relato, la delicada impronta del ser que, atrapado en el sueño, sueña.

Entonces no me importó tanto Flaubert como Cervantes, o si las transmutaciones eran parciales o totales, si apenas cambiaba, de un autor a otro, el paisaje o si el contorno de las figuras era o debía ser el mismo.

Recuerdo también que Papini vio en el Quijote al gran engañador, al embustero supremo, hábil, sobre todo hábil, ya que la inocencia con la que un mero lector de novelas de caballería se dice Caballero hace aún a la inocencia del lector que lee el Quijote.

Papini también sospechó que no había locura tal, que su locura era el simulacro y la creación empecinada. Creación aún, en la adversidad y en la infamia.

 

si Amadís hubiera sido distinto, despiadado e infiel, también él hubiera sido distinto

 

Quien simula –es sabido- ha de creer en sus mentiras con el mismo sigilo y la misma audacia con la que aguarda que otros se las crean. El mentido deviene mentado: realidad para los demás, figura para él.

El mentido Baldi de ésta y de mis anteriores lecturas fue real. Pero en esa ya conocida transparencia, en esa reiterada intrepidez, vi que ya ni Madame Bovary ni el Quijote se atrevían a infiltrarse en el dibujo del relato con tanta facilidad. Sentí, acaso, la desolación que puede sentirse cuando el sol finalmente se revela excesivamente evidente. En los términos de Poe, lo evidente es siempre un caso de sagacidad. Si bien nadie sospecharía del escondite más accesible, tampoco lo harían de un hombre que se ofrece distinto de lo que es con tanta insensatez.

 

Me sirvo de una vulgar aliteración: Baldi es un hombre, pero de él sólo un nombre se conserva. En todos los que Baldi ha de habitar, en todas las veces que ha de morir para ser siempre él*, resta su nombre: Baldi. Baldi, proyectándose  en ese ejército de otros que le perfila un contorno. Baldi, apariencia indócil, tentativa que indistintamente se objeta no corresponderse ni parcial ni absolutamente con sus premisas en ningún momento. Baldi que se menta y se miente.

 

Y le tomó el gusto al juego (…) siguió creando al Baldi de las 1000 caras feroces que la admiración de la mujer hacía posible

 

La literatura de Onetti está plagada de fantasmas, de entredichos innobles, de repeticiones que son una misma y única repetición. En el centro hay una dínamo que se desnuda para esconderlo todo; hay una siempre insustituible sensación de vértigo del hombre para con su emblema, para con su sueño perdiéndose de vista; hay demasiados muros contra los que chocar, demasiados silencios que imponen el salto hacia el más acá, hacia las migas asombrosamente quietas en la mesa del desayuno. Deduzco ahora que no es un solo fantasma el que ocupa a El Posible Baldi, sino dos: el relato sostiene un diálogo entre ellos. La mujer presiente a Baldi, lo deja venir, le habla, lo imagina; deja que él haga o hace con él aquello que él no es: poco importa cuál de los dos procedimientos es exacto. Esa mujer, histérica y literata, también sueña.

 

Tan distinto de los otros… empleados, señores, jefes de oficinas

 

El bovarismo de Baldi, a costas de un desenlace poco obvio, se cree infinito. No obstante, de su imaginación, o bien de la atención de esa mujer (en esto está la esencia del relato) escapan tres posibles:

 

– el bebedor entre marinos de una taberna de Le Havre o Marsella

– el embarcado en Santa Cecilia con un revólver y diez dólares

– el enrolado en la Legión Extranjera

 

El mecanismo no es tan complejo como rizomático; parte en todas direcciones y desde todas vuelve; lo que sostiene al Baldi fantasma, a la mujer no tan claramente ingenua, es una de las formas de la ilusión: la simbiosis. A partir de ella, todos los caminos son vías libres, todas las demandas asistidas, todos los miedos postergados. Onetti, o la mentira, no hace sino adecuar, siempre tristemente y con visos de maravilla, lo que habría de ser la vida si ésta no fuese lo que es. Onetti, el hombre que como Rip Van Winkle se quedó dormido sin saber exactamente cuánto tiempo,  volvió del sueño para pensar nuevamente el mundo más que como una mera intromisión a lo imposible.

 

 

*Charly García, El show de los muertos

 

 

 

M.A

 

 

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