La periódica revisión dominical

BUNKER LITERARIO

Tentativas Baudelaire IV: La Rebeldía julio 27, 2009

 

La infancia como lugar de resistencia
 
Entre las características que Baudelaire (expresa o tácitamente) asigna al poeta flanèur existe una que subyace a todas las demás, que de algún modo las sustenta, les otorga una particular cohesión (muy lejana por cierto de la coherencia que suelen exigir los académicos, los científicos, nuestras parejas y algunos fascistas del pensamiento), en definitiva, las habilita. Ese rasgo es la curiosidad. El flanèur – y en su figura cualquier artista que se pretenda genuino en el panorama de la modernidad – debe ser dueño de una curiosidad implacable: la dialéctica que se produce entre la ciudad, el flanèur, la belleza y la creación (tal como vimos en las entregas anteriores), precisa a la curiosidad como combustible y como lubricante. En efecto, la curiosidad es aquello que sacude del hastío ordinario y pone en marcha hacia la belleza: el impacto de la vida moderna se traduce en una serie interminable de espasmos de asombro y también en la curiosidad del sujeto moderno, que va detrás de las pistas que la ciudad le arroja por la cabeza en su peregrinación incesante.

 
Un hombre deja de ser hombre cuando la curiosidad lo abandona. Lo curioso es que nuestra civilización – tan sensible a menudo con los términos a emplear – llame hombre únicamente a aquellos olvidados de la curiosidad. Los otros son niños, púberes (palabra espantosa ¿no es cierto?), adolescentes, ancianos. Hombres, lo que se dice hombres, para nuestra cultura son los adultos, los que justamente se definen por su predisposición hacia el principio de realidad, por la seriedad a la hora de enfrentar-la-vida, que exige como precio el abandono de la curiosidad preliminar. Cuando una persona deja de sentir el leve aguijonazo que lleva de una cosa conocida a la pesquisa de otra por conocer, su vida se reduce a una gama de coordenadas repetitivas que en cualquier lugar decente se llamaría muerte.
 
Por otra parte, la curiosidad es la sustancia viscosa que permite funcionar al juego dialéctico referido. En cualquier parte del proceso que queramos escrutar, la curiosidad está presente de un modo u otro; a la curiosidad ocasionada por la ciudad y sus laberínticos humores se añade luego la curiosidad por el status de la belleza, la curiosidad por el estilo, por los límites del arte y así podríamos seguir algunas páginas. La curiosidad aparece, en suma, como una constante de toda creación, como una actitud tan imprescindible que más que actitud es un presupuesto, una condición de posibilidad. No existe, estaremos todos de acuerdo, una edad de la vida en la que la curiosidad se manifieste más acabadamente que en la niñez, en la infancia. Las razones para este postulado pueden consistir en argumentaciones muy diferentes: se puede poner de relieve la falta de socialización en el niño o quizás reducir toda la cuestión al descubrimiento del mundo, que se da por razones obvias en la infancia. También hay quienes sindican al “sistema” (siempre tan abstracto, y tan real a la vez) como responsable de reificar al adulto y asimismo no escasean los que enfocan el asunto en el aburrimiento llano que es capaz de provocar el mero paso del tiempo. No obstante cual sea la corriente en que cada uno desee enrolarse, lo incontestable es la implicancia entre infancia y curiosidad; así lo entiende Baudelaire, pero como siempre, da un paso más. Hablando sobre el artista, escribe en el tercer apartado de El pintor de la vida moderna: “Recientemente regresado de las sombras de la muerte, aspira con delicia todos los gérmenes y todos los efluvios de la vida; como ha estado a punto de olvidar todo, recuerda y, con ardor, quiere acordarse de todo. Finalmente se precipita a través de esta multitud en busca de un desconocido cuya fisonomía, entrevé en un abrir y cerrar de ojos, le ha fascinado. ¡La curiosidad se ha convertido en una pasión fatal, irresistible […] Ahora bien, la convalecencia es como un retorno a la infancia (…) el niño todo lo ve como novedad; está siempre embriagado (…) el genio no es más que la infancia recuperada a voluntad”.

 
El genio, según Baudelaire, para ser genio cuenta con una primera condición que tal vez sea la más intrincada: debe poseer la capacidad de recuperar la asombrosa actitud infantil cuando así lo desee. El genio, si lo pensamos mejor, incluso a su pesar cuenta con esta facultad. Se le ha reprochado en alguna oportunidad a Baudelaire esta postura; Jean Paul Sartre, concretamente en su Baudelaire, recrimina (sin increpar demasiado, se trata más bien de un señalamiento) las opiniones de Baudelaire a este respecto, aunque más aún determina la vida real de Baudelaire como un ejemplo cabal de sus opiniones. Considerando el marco de pensamiento sartreano (uno de los últimos realmente brillantes a juicio de quien escribe) la leve acusación no sorprende: en un rasgo que comenzó con el Iluminismo, siguió con Kant e hizo eclosión con el propio existencialismo, Sartre desdeña a la infancia en oposición a la adultez, que es la edad en que el hombre se elige a sí mismo y al mundo, de alguna manera. Baudelaire, un hombre tan sagaz y brillante, piensa Sartre, desperdició en gran medida sus poderes por haberse comportado como un chiquillo toda su vida y, naturalmente, por haber reflejado eso en toda su obra. Bataille emerge como defensor de Baudelaire (o dicho con más rigor, de la actitud de Baudelaire) en la sección que le dedica en La literatura y el mal.
 
En dicho capítulo escribe Bataille: “Sartre tiene razón: Baudelaire ha elegido estar en falta, como un niño. Pero antes de considerarlo desafortunado debemos preguntarnos de qué clase de elección se trata. ¿Se hizo por defecto’ ¿Es solamente un error deplorable? ¿Fue, por el contrario, realizada por exceso? ¿En forma miserable quizá, pero decisiva? Me pregunto incluso: ¿Una elección así, no es en esencia la de la poesía?” (el subrayado es mío).

 
Bataille asume la defensa, entonces, de la actitud básica baudeleriana, no sólo frente a Sartre, cabe decirlo; Benjamin, por caso, también había mostrado cierto desdén hacia el “satanismo” de Baudelaire, al que presenta como poco más que (nuevamente) un juego infantil. Es notorio que la dispersión del marxismo teórico ortodoxo, especialmente en Francia a partir de la operación realizada por el estructuralismo y el posestructuralismo pero también por la particular recepción de Nietzsche, Kierkegaard y otros pensadores revulsivos decimonónicos, influyó en esta revalorización practicada por Bataille. La seriedad que las teorías éticas y políticas (marxismo, existencialismo, etc.) habían conferido a la vida humana, en la década del 50 se trastorna, se relaja, se torna otra cosa, otro tipo de seriedad en todo caso, signada por la muerte del sujeto moderno, por el cambio de las formas de control explicitadas por Foucault, Barthes, Blanchot y Deleuze entre otros. En este contexto, la opinión de Bataille cobra sentido: la infancia, caracterizada entre otras cosas por la curiosidad, hace las veces de barricada, de punto de resistencia frente a los trucos groseros del sistema y de los discursos dominantes que de él manan. La infancia, más allá de su (tremendamente significativa) relación con la poesía, es un conchabo contra las estructuras de saber que moldean a los ciudadanos modernos por antonomasia: a los adultos.
 
 
“Pidamos lo imposible”: la extrema coherencia del insensato
 
A fines de la década del 70, la juventud (transformada en una actriz política de relieve) describió al realismo en esos términos: la única realidad estriba en la efectividad de lo imposible y en su infatigable persecución por parte del hombre nuevo. La utopía (paradójicamente, ese lugar en el que los reaccionarios siempre han sabido guardar las propuestas que amenazaran sus bolsillos o sus creencias) encuentra así un nuevo status; ahora es real, más real que ninguna otra cosa. La utopía de este modo se convierte en realidad sin dejar de ser utopía, desafiando al principio de identidad. Cuando se trazan las genealogías que desembocaron en los movimientos juveniles de la década del 60, rara vez aparece el nombre de Baudelaire, omisión u olvido asaz injusto según mi parecer. Naturalmente, un dandy que coquetea de vez en cuando con la religión o que se permite verter en poemas y escritos su políticamente incorrecta forma de pensar no puede ser erigido como antepasado de un movimiento agitador y enamorado (vagamente) de las igualdades sociales. Sin embargo, no resulta descabellado observar en Baudelaire algunos genes de aquella actitud explosiva, principalmente los que se refieren a su concepción de la vida humana en tanto búsqueda infinita e imposible. Se me podrá objetar, rápidamente, que a diferencia de Baudelaire los jóvenes de los 60 dotaban a “lo imposible” de un significado metafórico, casi satírico; es decir, que creían que realmente podía alcanzarse eso que en la tradición se veía como imposible; no estoy tan seguro de ello, y aunque fuera cierto, no encuentro mucha distancia con Baudelaire: el poeta flanèur, más allá de su insatisfacción sustancial, pautada de antemano, también persigue y consigue conductas y objetos utópicos para la cosmovisión tradicional y conservadora.
 
“Sólo la larga agonía del poeta revela acaso, al final, la autenticidad de la poesía (…) su fin, anterior a la gloria (que hubiera sido la única que le habría podido cambiar en piedra), respondió a su voluntad: Baudelaire quiso lo imposible hasta el límite” escribe Bataille. La poesía misma no puede ser otra cosa que agonía, y no una agonía figurada que se clave en el papel sino una agonía real que toma al poeta y que lo acompaña en una larga peregrinación parsimoniosa hacia el final. En gestos como estos vive la incorrección política de Baudelaire: hay un principio de estatismo, de parálisis subjetiva que se interna en la movilidad propia de lo moderno. Baudelaire mismo se resignó temprano a considerar su vida esencialmente truncada, insuficiente para el objetivo perseguido.

 
Ahora bien ¿alcanza esta particularidad subjetiva para condenarlo como modelo o para adjudicar a sus obras un conservadurismo neto?. Estimo que no se debe pasar por alto la actitud original de Baudelaire en relación con la poesía, en ella se agazapa la rebelión: la pretensión de lo imposible ya es poesía, golpe, madera, metal, amor, violencia. Los resultados ya son otra cosa. ¿No fue esa – exactamente – la actitud de los 60, exceptuando a las bandas armadas o a los cuadros subyugados por el partido?.

Otra vez Bataille: “Baudelaire, indudablemente no tuvo nada de radical – le acuciaba el deseo de no tener lo imposible como destino, de volver a caer en gracia – pero, como Sartre ayuda a comprender, sacó de lo vano de su esfuerzo lo que otros extraerían de la rebeldía. La idea es atinada: no tiene voluntad, pero a pesar suyo una atracción le mueve”.

 
Baudelaire sería visto (en tanto modelo social) como un insensato tanto por las izquierdas como por las derechas. Los primeros le reprocharían necesariamente el vago nihilismo que lo convierte, a sus ojos, en un desperdicio; ese sino maldito y depresivo que le impide (o así deseamos creerlo a veces) actuar en pos de un mundo más progresista. Los segundos le reprocharían casi todo lo demás. No obstante, sostengo que existe una sagaz coherencia en las ideas y las conductas del insensato; la adhesión a su propio credo hasta el final lo colocan en una situación que si bien no es radical, tal como decía Bataille, respecto a lo político o social en sus consecuencias, contiene sin embargo en versiones cifradas un volcán revolucionario. Hoy nos parece natural no pedir a los poetas pretensiones políticas o decisiones ideológicas definitivas, pero en la época en que Bataille retrucaba a Sartre la norma era esa especie de rendición de cuentas, incluso, como se ve, para autores como Bataille, que ciertamente se distanciaron bien temprano de lo que podría llamarse una filosofía política-ideológica. En esa época, aun en esa época, Baudelaire es susceptible de lecturas legítimas que enfocan en su perfil transgresor. Transgresor, que a veces queda tan lejos de progresista o “políticamente correcto”, como se estila decir (con demasiada sorna para mi gusto) en estos días.
 
 
 
MOME

 

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2 Responses to “Tentativas Baudelaire IV: La Rebeldía”

  1. Ainhoa Dice:

    me encantan las fotos

  2. Miguel Ángel Dice:

    Dentro de la definición Léxica de “Arte”.(laT,ars artis) s. amb. Actividad del hombre que, valiéndose de la materia, la imagen, el sonido, el gesto o el lenguaje, imita, espresa o crea cosas materiales o inmateriales con una finalidad estetica. Podemos darnos perfecta cuenta, que no emite un significado, como para ser verdaderamente plasmado con “letras de bronce”. El Arte, bajo mí más humilde punto de vista, siendo un pintor novel. Lo primero, es, que para mí, el Arte no imita (es una obra que aun reflejando un objeto, crea un objeto propio. Lo segundo. Dentro del “Arte Moderno”;- aunque no tan moderno. Los “Dadas” hacian lo contrario. Criticar tanto romanticismo, maquillar menos las obras; pues, el dolor, entra en el mundo de la cultura. ¿Como nadie podría evitar que algún ave defeque en Monasterios y Mezquitas? La belleza es la esencia de las Artes. Dentro de un grandiosísimo legado artístico de antigüas civilizaciones. Los mosaicos de Culturas que crearon nuevas culturas, religiones;- en fin, Arte. No hace demasiado tiempo. En 1886, fue uno de los años donde se empezó a etiquetar el negocio del Arte. El nacimiento de los “-ISmos-, Man Ray, crea “le violín d´Ingres. Los grupos pictoricos, meditando con leves inclinaciones de cabeza y tomando el “Té Burgués” que podián permitirse, pues la mayoría no pertenecian a “Escuelas Pictoricas” u Academicismo. Eran las “vanguardias de la temática”. Mientras otros estudiaban el arte griego, Mesopotamico y romano. Ellos indagaban en el color, pintaban sin cesar. Plasmando el mundo que les rodeaba, en libertad; pero con penas. Aun así, el arte creado entre los períodos de 1880-1955 a sido uno de los más impactantes en décadas. Las guerras Mundiales y las reflexiones de la ilustración lograron que hoy, podamos observar grandes obras que logran hacer que nos hagamos intemporales y mejores personas.


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