La periódica revisión dominical

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Las Grandes Maniobras – Néstor Sánchez marzo 8, 2010

Filed under: Literatura Argentina — laperiodicarevisiondominical @ 11:11 am
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A mediados del 2009, Editorial Paradiso reeditó el que fuera el último libro de Néstor Sánchez, La Condición Efímera, conjunto de relatos publicados inicialmente en 1988.
Por intermedio de Paradiso, podemos hoy publicar uno de los mejores relatos del volumen, “Las Grandes Maniobras.”

 

Una idea terrible me asaltó:
“el hombre es doble”, me dije.
Gérard de Nerval

 

En todo caso no estuvo abajo el roto que habría sido preciso y hasta cierto modo imprescindible para presenciar desde abajo el primer movimiento, una especie de gesto o mejor dicho ademán común (doloroso, de ambos) que se buscara a sí mismo en medio de cierta imprecisión descomedida. Claro que a la total ausencia del roto podría reprochársele gran parte de la lentitud desusada en lo concerniente a los dos, pero sin ningún tipo de recelo tendía a tratarse del primer movimiento: ella a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar chileno y él a unos escasos centímetros de ella que entonces se vuelve con todo el cuerpo y por esa misma causa puede ser mirada a los ojos a tres mil quinientos metros de altura como si sólo se dejara mirar, como si sólo de esa forma fuese del todo posible la correlación a la que por otra parte el estar del roto (incluso su indiferencia lejana) habría librado de cierta tragicidad poco menos que atentatoria.

Dejándose llevar en el aplazamiento sin el menor síntoma de ser observada a los ojos y con el fatigado abismo a tan escasa distancia de ambos: ella volcada a la ausencia, con tierra extranjera en el pelo; él, en el corazón del abandono, como si unos pocos segundos antes terminara de sollozar en el juzgado, mirándola a los ojos hasta el límite tolerable del primer movimiento y por supuesto llegarán un rato más tarde al hotel de Valparaíso para presenciar con las bocas pegadas lo que el roto ausente no presenció desde allá abajo a la caída del sol, los dos a toda costa iluminados y a sesenta centímetros escasos de distancia infundada entre sí.

 

Ella que bastante fuera de ilación y mientras vuelve a vestirse, asegura: pata, la vida es abstrusa, y por el tono empleado –y sobre todo por pata-, él descubre con bastante agudeza que ese hotel ya es el hotel de la ciudad de Lima a eso de las doce del mediodía, el pobre Melville, y lo que en última instancia se le escapa es que el segundo movimiento había tenido lugar en el hotel de Valparaíso, o sea cuando ella había abandonado también la cama pero sin decir una sola palabra mientras él había pensado su propio repertorio (o tal vez le había parecido un síntoma) y no supo ni sabría si mirarla o no a los ojos y con veintiocho palabras decidieron partir lo antes posible de Valparaíso: uno en el primer avión de vuelo regular, el otro en autostop aunque en su caso sin valija; y reencontrarse o no en la plaza más importante de Lima, junto a cantero.

Junto a cantero y llorarían en el más completo recogimiento (bajo el canto de pájaros también extrañantes), lloraría por los dos movimientos anteriores aunque sin reconocérselo uno a otro dado que el primer movimiento a tres mil quinientos metros de altura aparecía falto de la menor trascendencia y este gemir, en el caso que así pudiese llamarse, no significaba otra cosa que el tercer movimiento del doble exilio americano.

Y ella se abrocharía con desmedro una sandalia, y todo parecería lo mismo y muy otra cosa al mismo tiempo.

 

También a las pocas horas de esa plaza, después de reponerse en un bar, sin ropas en el cuarto de hotel con la almohada caída en el resplandor de Lima: él por ella y ella por él como si todavía abrazados de pie junto a cantero aunque un par de días más adelante, en el mismo bar donde pretendiera reponerse de cantero (y de la ausencia del roto en el abismo), no fueran a sincronizar el cuarto movimiento pormenorizado a saber: los pies de ella entre los pies de él, los cuatro pies bajo la mesa y ella que por contraste dice: pata, la alegría es una cosa intratable, mientras él bebe un alcohol nauseabundo por medio de los mismos sorbos que habría dado en aquel bar reducido de Valparaíso. No obstante necesita pensar en lo que pensó que pensaban sus ojos (los de ella allá, sobre el vacío), y en cuanto baja la copa para acomodarla con resguardo, dice que se va para México en el menor tiempo posible, pero que le escribirá desde la ciudad homónima al hotel de Lima dado que en ese preciso instante los pies de ella abandonan de a poco los pies bajo la mesa y por añadidura salen y se acompañan por el mundo.

El quinto movimiento, en todo caso, reviste mayores responsabilidades en cuanto a las coordenadas intransigentes. Se produce cuando ella relee, sola en el hotel de Lima, la carta mexicana en papel avión y con dos manchas de aceite mitigadas con sal: enseguida baja corriendo la escalera, aunque este detalle forma parte de un movimiento estrictamente personal, incomparable, que hasta insinuaría perderse en la naturaleza; o sea movimiento hacia la respuesta sin mucha relación con él porque en ese mismo instante él se dormiría en México o de lo contrario lo mismo dejaría de pensar en su carta releída a media voz por ella en el nuevo resplandor acalorante.

 

En sus tres carillas sistemáticas de unos pocos días más tarde (releídas por él en un cine de Acapulco) ella había especificado dos veces la palabra querido en el encabezamiento y sin problemas de soltura tendía a referirse a la casi bailarina extranjera en un night-club deshabitado a partir de las dos de la madrugada, en un night-club deshabitado que contenía su aliento y hasta el sonido de sus ocurrencias, que por esos medios precisos pensaba costearse un pasaje a la ciudad de París donde hay poquísimos baños y el frío es intenso y que de repente en ese bar, el mismo bar de Lima desde donde le escribe, un hombre encaramado a una escalera a dos aguas pinta por medio de una brocha la pared de la derecha en relación con su mesa; que eso representa otra prueba a favor de que cada partícula absolutamente cada partícula del todo continúa, o sea la advocación para que él la lea un día preciso (de interminable tristeza de fines) casi un año más tarde aunque eso sí sentado a la sombra en una plaza de toros de la ciudad de Madrid, incluso deteniéndose en el muy posible remitente de ella en la capital francesa y aunque no tenga la menor apariencia de tal (en homenaje a las avenencias transcurridas), posibilitando más de un noventa por ciento de condiciones para que se inicie el sexto movimiento, con las características siguientes: al promediar la segunda corrida de la tarde y a pesar de que el torero aguanta en uno de pecho, él se pone de pie para aparecer en una vereda que da a esa calle adoquinada que da a una fonda y en la fonda tan extranjera bebe con cierta ansiedad y hasta cree culminar un pensamiento indeciso relacionado con la hostilidad de la cultura justo en el decurso en que ella se deja mirar los ojos a través del boulevard Saint Michel, mejor dicho al único ojo que por caminar a su costado puede dominar el estudiante de psicología con pantalones de lona quien debido a la referida incomodidad no puede saber lo que ella piensa o a lo sumo porque se trata de un pensamiento de toda la vida a partir de cierta tela de cretona o el perfume a la pumarola en la antecocina de la calle O’Higgins.

 

Pero en todo caso este último detalle tampoco incide: se trataría más bien de un movimiento pendular y en apariencia inextricable en el supuesto caso de tener muy en cuenta, sobre todo, el espejismo de cualquier amago personal en un espacio ilimitado. Únicamente debería hacerse referencia al séptimo movimiento, aunque en realidad tan vinculado a la pura nostalgia, tan dependiente de aquella ovación desde la plaza de toros y del estudiante con blue-jeans que no sonríe ni se escatima (aislado en su faena) ya a todo lo largo del boulevard Saint Germain.

 

Y en la medida de lo admitible presentir, cada uno por medio de sus resguardos de costumbre, que a la larga llegará el día y la hora precisa, el día y la hora del gran desacato provisorio, aleccionante.

El avión ya detenido y echando reflejos bajo la intensidad abrumadora del sol que no puede ni debe omitirse porque a lo sumo quien espera algo del sol después de meses o años, si coincide con alguien en este mismo y prodigioso sentido, debe entregarse a la evidencia o permanecer otro poco adentro del referido avión francés (ella), o buscar de manera deliberada el otro extremo del salón del aeropuerto italiano (él), para que la distancia permita visualizar la cara del otro corriendo en dirección a la cara del otro aunque ella con el pelo ahora suelto que se agita atrás, rarificada, con una cartera de cocodrilo, con las rodillas; más la boca si se quiere algo entreabierta de él un cuatro (o a lo sumo cinco) de agosto muy caluroso corriendo hacia ella sobre el piso encerado del aeropuerto de Milán.

En cuanto a las sugerencias incongruentes que apenas vendrían al caso, el octavo movimiento sólo llega a completarse cuando ella, debido a eso de abrazarlo a la carrera, pisa la punta del pie derecho de él (agravio demasiado nítido) que no por ese motivo dejará de levantarla a peso unos quince centímetros a fin de girar algo sobre sí mismo porque además cuenta con una amiga íntima en Milán, Carla Dominici, corrompida y buena como una dulcísima flor del valle del Po.

 

Y acto seguido (con leves alternancias) habrá un costado algo fatigoso que busca y encuentra con sobriedad extremada el otro costado a su vez estemeciéndose, ellos juntos y aquel andar de ambos, ellos juntos que un rato más adelante terminarán desembocando en la calle típica mal iluminada de Milán con el propósito sigiloso aunque en apariencia compartido de cenar uno frente a otro en una total ausencia, siempre palmaria, de compañía.

 

Y ella, de haberlo percibido con un poco menos de oscuridad, sin lugar a dudas habría dicho (o casi exclamado en otra lengua): caro, la desdicha es un viejo asunto calumniante, aunque cuando en realidad lo dijo en su propia lengua en casa de Carla Dominici ya era potencialmente, en todo su apogeo, el noveno movimiento en él que tramó y al mismo tiempo compuso lo siguiente, por encima de cualquier desvelo de reiteración o procedencia: poner en orden los papeles (a lo sumo a un par de semanas de esa encrucijada) y tramitar con soltura un pasaje al sur de Afganistán, una aldea indígena en el sopor y los bichos canasto, mientras ella, bastante más delgada y coincidente a causa de la gripe italiana, se dedicaría a caminar cada tarde, atenuada, sin consuelo científico, por las mismas seis o siete cales de la ciudad de Milán una vez confirmada como traductora para Feltrinelli Editore, de acuerdo con la ausencia de proposiciones perentorias por parte de un pintor rumano especializado en restauración.

 

Y él, por consiguiente con la piel color Afganistán, escribiéndole con cierta inseguridad en el pulso una mañana sin gota de aire a la dirección de Carla Dominici. Conquistando una continuidad relativa de frases breves, indecisas, signadas por la falta de un motivo más o menos explícito hasta dar de corrido al décimo movimiento que a pesar de las apariencias por demás adversas guarda en su factura más íntima una precisión fuera de toda posibilidad de cálculo (eso sí alguien lamía un helado bajo toldo color naranja y la bicicleta altísima ocupaba el resto de la calle empedrada): décimo movimiento, con su alarde desencadenante, donde con toda nitidez puede apreciarse un resguardo deletreable, si se prefiere límpido que, a toda costa y más allá de las imprecisiones de ambos, abarca lo que sigue de una manera intermitente y literal: nada de lo que quisimos será olvidado.

 

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2 Responses to “Las Grandes Maniobras – Néstor Sánchez”

  1. alejandro Says:

    Muchas Gracias por el fragmento!!


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